26 sept 2012

Ataraxia

Si hubiera un manual de cómo pasar desapercibido creo que ella sabría como realizarlo. Pero todo lo que conoce son ciertos tips que de algún modo siempre han estado a su entera disposición que forman parte de lo que es. Con todo, no puedo dejar de sentirme un semejante, lo cual hace que sienta cierta amargura por ello. Cada dificultad que ha superado de algún modo mis capacidades me ha llevado a la práctica asceta. A la pura negación de la expresión de la vida. En defensa puedo afirma que sólo en raras ocasiones ha sido por voluntad propia, las demás han sido parte del paquete.

Con todo, no son tantas las ocasiones que me han llevado a tal destino.

A veces me pregunto si hago las cosas bien, y esa duda moral me fastidia, me punsa como un constante dolor de cabeza y por más que mi filosofía pretenda conducirme en la dirección de lo amoral, no logro salir de este juego; y cuando lo logro -he aquí lo interesante- sé que lo hice mal. Esto me convierte en un ser insoportablemente moral. Y esta enfermedad se la debo a mi infancia profundamente católica. Tal vez por ello Odio el cristianismo, pues me ha arrebatado tanto de mi en comparación con lo que me ha dado.

Lamento cada mala desición que he tomado, me carcome esa culpa como pecado al Santo. Cada tras pié. Si bien, me ha servido de aprendizaje, éste se ha tatuado con tal sello que resulta dificil formar una figura nueva sin deformar la piel, una figura purificadora. No me arrepiento de nada que haya hecho, pues es ridículo arrepentirse de lo que no se puede cambiar, pero lo lamento.

Pido un sordo perdón a cada ser vivo al que he ofendido con mis actos y deseos, a mis padres, a mis hermanos, a mis amigos, a mis amantes, a mi hijo.

Hoy me siento triste.


Un amigo pronto morirá, otro está al borde, si no muere, su vida será muy dura y limitada. Una situación así hace memorar las pasadas, hace que incline mi cabeza, que aparte mis ojos del sobreabundante astro y que me fije en los detalles que no quiero pude mirar. Desearía ser imperturbable, desearía no sentir, no tomar parte de la responsabilidad moral de cada acto, de cada sentir, de cada deseo. Detesto cuando pasa eso, lo detesto desde lo más profundo de mi ser.

Un amigo se come su orgullo y llama a los suyos por afecto, tal vez muera y necesita valor (¿cuántas veces yo lo he hecho? Creo que mi orgullo es mayor -lloro en silencio-). El otro apenas y asume su situación definitiva. Nunca he podido mirar para el lado. Tengo una profunda conciencia con los míos, sus luchas son las mías, por ello sus fracasos me afectan, sus victorias me motivan. Cuán triste estuve cuando caiste. No siempre llego a tiempo para apoyar.

Este actuar que con los años y reflexiones en conjunto con otros amigos podría definir como de martir, me patenta la soledad del que carga con dicha cruz. La Soledad, el Retiro, la Meditación son elementos cruciales de este comportar. La Soledad me ha acompañado desde... la primera gran pérdida por allá en el invierno de 1995, cuando todo empezó. El sentimiento de culpa, la autoflagelación, la autocompasión. El retiro ha sido constitucional, no estoy en un lugar por muchos años, recién ahora llevo 5 años en el mismo sitio, lo cual ha permitido que me relacione de un modo más profundo con otras personas.

Sé que decir algo así es injusto, pues indudáblemente he tenido cercanía con otros, una cercanía que demuestra un alto grado de interrelación, tal que forman parte de identidad, forman parte de lo que soy. Pero ahora aquellos que otrora resignificaron mi ser están lejos, no sólo espacialemte -ojalá fuera sólo eso-, sino que no estamos conectados. La cercanía, los nexos están casi muertos, eso profundiza mi sentido de pérdida, el Retiro llegó en conjunto con su hermana Soledad.

La autocompasión es el resultado de la Meditación. La Meditación lleva a intentar justificar los hechos (meros hechos) como algo justo, podríamos decir "Divino". Esta justificación da como resultado la autonegación, y en un dejo de infantilismo nace la victimización. Es que el desprecio -a estas alturas- hacia uno mismo es tal que te quedan dos alternativas, o sufres porque estás destinado a ello y no importa lo que hagas estás condenado o le das un significado a todo ello, en este caso la idea de sacrificio se hace presente.

Sin duda toda esta verborrea es producto de un ego lastimado, de una identidad fisurada, de un abismo reluciente. Todo se simplifica si sostenemos que lo que hay es pérdida de sentido. Y todo apunta a ello.

Amo a los mío, pero ¿qué significo yo para ellos? Esta pregunta me atormenta. No soy importante, salvo a unos pocos que sí me demuestran que les importo (que los puedo contar con una sola mano, y me sobran dedos). Este sentimiento evoca otras nefastas preguntas ¿tengo amigos? ¿si muriera, quien iría por pena de mi pérdida? ¿he sido importante para alguien?

Resulta curioso que esto me moleste. Pues esto es signo de temor a lo incierto, a lo desconocido, a lo que no podemos controlar. Y lo que quiero en estos momentos es una constante, es que me digan que soy relevante, que no fui un no-lugar, un espacio de transición, algo así como un catalizador, algo que está pero luego desaparece. Yo, el jinete del caos, el admirador del cambio. En esta fría y solitaria noche tengo miedo.

Siento pena por mis amigos y por mí.

Espero que no dure mucho.

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Si no esperas lo inesperado no lo reconocerás cuando llegue.
¿En qué se parece un murciélago a un escritorio?

Vuelve otra vez y tómame,

amada sensación retorna y tómame-

cuando la memoria del cuerpo se despierta,

y un antiguo deseo atraviesa la sangre;

cuando los labios y la piel recuerdan,

cuando las manos sienten que aún te tocan.


Vuelve otra vez y tómame en la noche,

cuando los labios y la piel recuerdan...
Kavafis.