23 ago 2012


Hoy, como otro día más, desperté con dolor de cabeza - una bonita forma de saludarme la mañana - muy agotado debido al trasnoche y a cavilaciones perturbantes que asolan a un alma molesta. Desperté con el típico celo narcisista con tendencias misántropas tan comunes en aquellos que detestan su situación actual y pecan de autocompación. Y luego de varias reflexiones decidí mi actuar y mi estado de ánimo para el día. Decidí molestarme facilmente de todo cuanto me ocurriera, que no soportaría más malos tratos en el trabajo (específicamente referente a los temas de horarios y el poco respeto por los días que puedo trabajar y por los que no). Estaba, dicho en corto, agotado, severamente agotado. Y este estado mellaba mi autoestima y me hacía pensar en lo qué he perdido y en las frustraciones de mis planes a estas alturas. No podía comprender que no estuviera leyendo, o traducionedo, o tocando violín o practicando esgrima, o, y lo principal, no estar con los que amo ¿Por qué estaba en esta situación? ¿Porqué debía sostenerla? Etc..., es claro el malestar, y lo respeto, pues es sincero. En efecto, ya llevo poco menos de un año en el cual he ignorado la existencia de mi violín, cuando leo, generalmente es presuroso y sólo por alguna actividad académica no por placer, no he traducido nada  - pero nada- en casi 18 meses (creo que hasta olvidé lo que sabía), ni qué decir del esgrima, mi último intento por practicarlo fue al participar en esgrima olímpica, pero por tiempo debí abandonarlo y un compañero tiene el descaro de restregármelo impremeditadamente cada vez que puede, y yo el masoquista siempre lo animo. Pero lo más detestable es lo poco que veo a los que me importan. Ya estoy pensando mandarles fotos para que cuando me vuelvan a ver puedan reconocerme.
En definitiva, más que agotado -aunque aquella sensación plasma perfectamente el estado- estaba frustrado. Por ello me había propuesta no soportar a nadie, y mi siguiente paso sería hablar con mi jefa respecto a mi renuncia inminente.
Al llegar al trabajo, ponerme el disfraz para la ocasión, marcar tarjeta, saludar a los compañeros, realizar los preparativos para comenzar la labor y atender... ocurrió algo magnífico, mis tripas me exigieron comida. Es claro que si no desayunas ni almuerzas, para cuando seán las 16:30 el cuerpo pedirá sustento. Y es magnífico, pues lo que pide el cuerpo es precisamente lo que no podemos negar, es lo más patente, los más exigente. Así que me fui a alimentar. Disfruté remotamente el almuerzo, me vestí con mi intención afectiva y volví a atender. Qué sorpresa cuando desde mí se proyectaba exactamente lo opuesto. Si no fuera por el resfrío que me genera un aspecto lamentable de suyo, cualquiera sostendría que mi ánimo era el de los mejores, y lo peor es que me daba cuenta de ello, de hecho, era amable, muy atendo, diligente, colaborativo, educado, tolerante, ¡joder ni que postulara al mejor compañero y al empleado del mes!
Entonces, tras una jornada laboral concluida volvieron los pensamientos misántropos y autocompasivos, esos que generan deseos perversos tan comunes en mí, y más bajo ciertas circunstancias curiosamente presentes... Y volvió el astío, y el sentimiento de desprecio, y etc. No me sentía a gusto con nada. Pero tan pronto como me fastidié incluso de escucharme a mí mismo y todo ese perloteo de narcisista frustrado, me percaté de mi hartazgo y de su causa.
Soy feliz, extramente feliz. Es cierto, he dejado un montón de cosas que amo hacer por otras no tan agradables, he dejado de estar con los que considero importantes, pero ha sido inevitable. Lo cierto es que la impotencia generada por el deseo de cumplir con aquellos anelos nublaba mi horizonte. Era necesario olvidarme un poquito de mí para recordarme nuevamente. Soy feliz, a pesar de este cansancio que metralla mis párpados, este dolor físico propio del frío y el cansancio, a pesar de esta angustia por deseos inconclusos, a pesar de todo soy feliz.
Patentada esta verdad, mis intenciones no han cambiado, las decisiones que he tomado las ejecutaré, pero ya sé quien es su impulsor, su motor y alimento. Lo que ha cambiado es mi disposición afectiva, mi temple, que si bien puede ser ocasional, es fuerte. Pues lo que hago lo hago por algo mayor, y las cosas que he dejado de lado las retomaré, pues son parte de mí.
Acepto lo inevitable de mi situación, pero no soy ciego y sé que es momentánea, por ello no claudico. A estas alturas toca aprender paciencia y calma (hermanas mayores de la madurez).
Lento pero seguro, me suguiere un antiguo, así retomaré lo que inevitamente quedó al margen. Por lo pronto, esta dicha responde a la aceptación y comprensión de mi estar, pero no es la que busco ni es la que permanecerá, pues su naturaleza se lo impide. Todo cambia, eso es lo que más me gusta, y eso es lo que más me emociona. El sentimiento abrumador de lo incierto, de lo inseguro, de lo insustentable e infundable. Estos son los posibilitantes de la felicidad, todos hijos del cambio, por ello soy feliz.

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Si no esperas lo inesperado no lo reconocerás cuando llegue.
¿En qué se parece un murciélago a un escritorio?

Vuelve otra vez y tómame,

amada sensación retorna y tómame-

cuando la memoria del cuerpo se despierta,

y un antiguo deseo atraviesa la sangre;

cuando los labios y la piel recuerdan,

cuando las manos sienten que aún te tocan.


Vuelve otra vez y tómame en la noche,

cuando los labios y la piel recuerdan...
Kavafis.