Tengo frío y hambre, me duele la cabeza; mis ojos están
hinchados, rojos y cansados.
Es de noche.
Una fuerza extraña me trae a este lugar de olvido y
abandono, una fuerza ajena me obliga a plasmar la quietud, el asombro y la
impotencia.
Me froto la cara y muerdo mis dientes mientras pienso en lo
que debo terminar y recuerdo. Recuerdo el caminar hablando estúpidamente sobre
estupideces, consintiéndonos mutuamente, justificando ignorancias y sapiencias.
Y, observando un evento. Mudos caminamos.
Un criminal o presunto criminal es acorralado por motorizados,
resguardadores del orden, la ley y las buenas costumbres; un acorralado
indefenso ante la fuerza otorgada, una potestad legítima que insulta, golpea y
humilla mientras en silencio -con deseos de decir algo- caminamos en la
hipocresía potencializada.
Nada legitima lo que vi, nada justifica mi pasividad.
Digo buenas noches y las luces no se apagan, pues es el
momento preciso para continuar con la antigua y polvorienta tarea, tarea
humanizadora, tarea domesticadora.
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