11 mar 2013


Tengo frío y hambre, me duele la cabeza; mis ojos están hinchados, rojos y cansados.

Es de noche.

Una fuerza extraña me trae a este lugar de olvido y abandono, una fuerza ajena me obliga a plasmar la quietud, el asombro y la impotencia.

Me froto la cara y muerdo mis dientes mientras pienso en lo que debo terminar y recuerdo. Recuerdo el caminar hablando estúpidamente sobre estupideces, consintiéndonos mutuamente, justificando ignorancias y sapiencias.

Y, observando un evento. Mudos caminamos.

Un criminal o presunto criminal es acorralado por motorizados, resguardadores del orden, la ley y las buenas costumbres; un acorralado indefenso ante la fuerza otorgada, una potestad legítima que insulta, golpea y humilla mientras en silencio -con deseos de decir algo- caminamos en la hipocresía potencializada.

Nada legitima lo que vi, nada justifica mi pasividad.

Digo buenas noches y las luces no se apagan, pues es el momento preciso para continuar con la antigua y polvorienta tarea, tarea humanizadora, tarea domesticadora.

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Si no esperas lo inesperado no lo reconocerás cuando llegue.
¿En qué se parece un murciélago a un escritorio?

Vuelve otra vez y tómame,

amada sensación retorna y tómame-

cuando la memoria del cuerpo se despierta,

y un antiguo deseo atraviesa la sangre;

cuando los labios y la piel recuerdan,

cuando las manos sienten que aún te tocan.


Vuelve otra vez y tómame en la noche,

cuando los labios y la piel recuerdan...
Kavafis.