Hoy ha pasado algo maravilloso. Y como todo hecho maravilloso es causa de un acto maravilloso, está demás decir que fue necesario un sacrificio. En mi caso, una vez más, fue un poquito de mi cordura.
El milagro. Hace tanto tiempo que no tenía en mi cabeza esa vocesita, ese eco repetitivo que pregunta, que cuestiona, que delibera, en fin, que hace en mi cabeza como un "otro" sujeto más, o más de un "otro", ¡otros! Tanto tiempo en el cual me mantuve de aquella manera que aunque parezca increible se puede resumir en "no mente". No es que decir eso sea más claro, no es que tampoco en este espacio se me exija ser prolígicamente explicativo. No necesito ser tan riguroso, pero puedo explicarlo básicamente, para que se entienda algo de lo que digo y no sean palabras vacías. Cuando a alguien le preguntamos "en qué piensas" - mientras lo miramos inquisitívamente- y éste responde "en nada". Me refiero a este estado puro en el cual simplemente no tienes esa vocesita que podríamos llamar "conciencia", sólo por ponerle un nombre, que te permite darte cuenta de que ése que está ahí, si, justamente donde estás tu, eres tu mismo. Es raro no estar con esa vocesita que te dice que eres tu mismo, y se esmera en restregártelo por la cara.
Me resulta en verdad curioso que aquel único modo de darme cuenta de que yo soy yo (sin darle crédito a la tautología de la frase), haya dejado de realizar sus obligaciones para conmigo y se haya tomado unas vacasiones quién sabe dónde.
Más curioso y penoso es el hecho de saber que en el momento en el cual realmente me poseí a mí mismo es cuando ésta vocesita no estaba. Penoso y curioso, porque sin esta vocesita simplemente no me es posible enterarme de ello. Es decir, aquella vocesita cumple la labor de darme por enterado de que soy yo mismo el que hace o piensa o etc. ¡lo que sea! Pero lo hace de una manera impropia. Siempre llegando en segundo lugar. Siempre preguntando y volviendo atrás para verificar lo ya hecho y recién ahí, dar testimonio de lo que se es.
Es curioso y penoso el hecho de que para tener noticias de mi mismo, debo desposeerme y revivir un momento, o varios, para recién darme cuenta de que soy, y que cuando simplemente soy, no tengo noticia de ello.
Hoy supe de mí.
Podría caraterizar el hecho como lo diría Aristóteles. He sido testigo vivencial de una Katarsis. Así que podría agregar que ahora soy, incluso, más puro. Pues en la posesión soy humano. Humano, interesante concepto que encierra en sí el sentido antropológico, filosófico, psicológico, histórico, en fin, aquella palabra encierra en sí todo lo humano propiamente tal de ser un ser humano. Y en un destello que apenas logré vislumbrar contemplé platónicamente aquella idea. Y sentí felicidad y una enorme pena. Pues eso es lo propiamente humano, no meramente un sentimiento, sino una emoción, algo tan complejo e intenso que lo único que puedes percatar es el estado de conmoción que deja su paso. Sí, el hecho de darte cuenta lo que eres, es un acto conmovedor. Y aunque no son lo mismo, en este caso son inseparables (¿acaso de algún lo son?) por el resultado que ha volcado en mí.
De pronto, sólo soy una conjunto de fichas consecutivas sobre un camino ignoto figurado, y ya ha sido derribada la primera pieza.
No hay comentarios:
Publicar un comentario