segunda parte.
Pero el dolor era aún más profundo y estas hierbas no lograban contener la impetuosidad de un dolor que proviene de mi interior. Estaba en estas angustias cuando una extraña bruja me ofreció un "remedio" que ella misma usaba para sus terribles dolores, por ello me sentí un tanto culpable, pues era esa su última ración. Sin embargo, al verme, pudo notar una real agonía y se conmovió con sentimientos semejantes, y me otorgó su extraño remedio sin vacilar.
Al principio me negué a usar aquella desconocida fórmula, por ello sólo usaba las hiervas dadas por el primer brujo que me pareció como un errante. Pero mi agonía sólo aumentaba y sentía un abrazador e incontenible dolor que provenía de lo más íntimo de mí y éste, en un deseo indómito de no acallarse, me arrancaba las más incontenibles lágrimas, reflejo de su efecto en mi interior, me generaba todo tipo de retorcijones entre las sábanas que no otorgaban descanso alguno, generando el insomnio intranquilo de un sentimiento que no quiere detenerse.
Ya no podía aplazar el extraño remedio. Sin dudarlo lo disolví en agua y azucar, pues fui advertido de su desagradable sabor, y su aspecto no me decía lo contrario.
En esto decidí arriesgarme una vez más en lo desconocido y, ya sin excusas, en vistas de un creciente no descansar, bebí el extraño remedio, y no al mucho tiempo después aquel dolor, nefasto dolor, me concedió un tiempo de tregua.
Por fin, luego de tantos días de insomnio, de movimientos inquietos en la cama, de memorar y memorar, de invocarse a dioses no existentes por un poco de paz. Ésta llegó.
Por fin logré conciliar el sueño.
Mas la bruja no pudo erradicar este terrible dolor, agónico dolor, dolor interno que carcome y punza como el peor aguijón existente, como castigo divino.
Y cuando creí haber encontrado la calma, me embistió con mayor fuerza aquella imperdonable e infatigable tortura.
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