En las oscuras hondonadas de las noches inciertas se encierra la encrucijada de la pregunta. Pregunta que siempre perseguimos pero en un instinto de supervivencia evitamos y que tornadas de incertidumbres albergan nuestras moradas, trisadas y pestilentes. No, nada hay que no sea manifiesto, sin embargo, nos encanta jugar a las escondidas con las respuestas traviesas que se van a los bosques de nuestra humedad.
Somos selenos persiguiendo en un rito de tiempos profanos a éstas, las musas .
Temerosos por no hallarlas y esquivos en encontrarlas. Jugamos en un juego no inventado, un juego repetitivo, pero siempre y por lo mismo nuevo. Son las mismas pasiones de entrañas y retorsijones de mariposas merodeando en la inmensidad de lo incierto.
Oh! Cuanto nos deleita el juego de promesas falsas y fuegos despertados en nuestra esencia. Fatuos. Cuántos sueños desmoronados albergan nuestras ciénagas y que alimentamos y regamos, ya es todo un ecosistema. Pero nos cobijamos, somos cómplices con cada uno, jugamos los unos con los otros, ¿Por qué tal cinismo? ¿Qué ganamos? Lo cierto es que nos gusta el misterio, nos gusta la intriga, no porque exista, sino, porque deseamos que así sea. Siempre nos damos tanta importancia.
Y en los momentos, tan ansiados momentos, esos que nos permiten llorar y refugiarnos en la falsedad de lo vivido, en hombros que apoyar nuestro peso lastimoso y espíritu acabado, como nos encanta el juego. Volvemos a nuestro tan apreciado y reconfortante ecosistema, lo regamos y alimentamos a las criaturas aborrecibles que en él hemos cultivado.
Nada importante. Mucho que decir. Estupidez tras estupidez. Un niño sin duda es más sabio que un viejo. La diferencia la hace la edad no las vivencias, menuda estupidez.
Pero nos encanta la pregunta, el sentido, el tan apreciado sentido.
Oscuros deseos reflejados en la sensualidad de lo asqueroso. Criaturas del averno no surgen de la tierra, sino de nuestras almas, torcidas y fracturadas ya sin descanso por la blasfemia que vomitamos hacia nosotros mismos, nosotros las creamos en nuestro interior. Que maravilla es verlas romper el pecho de su madre y verlas volar mientras se hacen espacio en un tórax desgarrado y abierto, dejando llagas que jamás cerraran, criaturas que merodean en los espacios libres de nuestra conciencia.
Que belleza es el contemplar aquellas traviesas criaturas, todas creadas por nuestros mas profundos pensamientos, deseos inconfesables, amoríos fugaces, todo parte del eterno y redondo juego. Oh! Cuanto nos gusta el juego.
Somos selenos persiguiendo en un rito de tiempos profanos a éstas, las musas .
Temerosos por no hallarlas y esquivos en encontrarlas. Jugamos en un juego no inventado, un juego repetitivo, pero siempre y por lo mismo nuevo. Son las mismas pasiones de entrañas y retorsijones de mariposas merodeando en la inmensidad de lo incierto.
Oh! Cuanto nos deleita el juego de promesas falsas y fuegos despertados en nuestra esencia. Fatuos. Cuántos sueños desmoronados albergan nuestras ciénagas y que alimentamos y regamos, ya es todo un ecosistema. Pero nos cobijamos, somos cómplices con cada uno, jugamos los unos con los otros, ¿Por qué tal cinismo? ¿Qué ganamos? Lo cierto es que nos gusta el misterio, nos gusta la intriga, no porque exista, sino, porque deseamos que así sea. Siempre nos damos tanta importancia.
Y en los momentos, tan ansiados momentos, esos que nos permiten llorar y refugiarnos en la falsedad de lo vivido, en hombros que apoyar nuestro peso lastimoso y espíritu acabado, como nos encanta el juego. Volvemos a nuestro tan apreciado y reconfortante ecosistema, lo regamos y alimentamos a las criaturas aborrecibles que en él hemos cultivado.
Nada importante. Mucho que decir. Estupidez tras estupidez. Un niño sin duda es más sabio que un viejo. La diferencia la hace la edad no las vivencias, menuda estupidez.
Pero nos encanta la pregunta, el sentido, el tan apreciado sentido.
Oscuros deseos reflejados en la sensualidad de lo asqueroso. Criaturas del averno no surgen de la tierra, sino de nuestras almas, torcidas y fracturadas ya sin descanso por la blasfemia que vomitamos hacia nosotros mismos, nosotros las creamos en nuestro interior. Que maravilla es verlas romper el pecho de su madre y verlas volar mientras se hacen espacio en un tórax desgarrado y abierto, dejando llagas que jamás cerraran, criaturas que merodean en los espacios libres de nuestra conciencia.
Que belleza es el contemplar aquellas traviesas criaturas, todas creadas por nuestros mas profundos pensamientos, deseos inconfesables, amoríos fugaces, todo parte del eterno y redondo juego. Oh! Cuanto nos gusta el juego.
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